“El desafío mayor es seguir, morirme muy viva”

“El desafío mayor es seguir, morirme muy viva”

Rosa Montero

Rosa Montero nos presenta su última novela, Animales difíciles, y se abre en una conversación que va más allá de los libros: habla del paso del tiempo, y reflexiona sobre lo que significa estar viva, escribir y amar en esta etapa de su vida.

21/08/2025 12:53

Rosa Montero se entrega a la charla con generosidad: permite que espiemos por las hendijas de su mundo interior. La muerte, la vejez, el amor, los miedos. Caminos que recorreremos de su mano. Tiene una mirada profunda y, a su vez, alegre, como si no le pesara la densidad de las palabras y de las ideas. Como si hubiera podido digerirlas de forma tal de que sean el vehículo para expresar sentidos valiosos pero despojados de artificios. Tal vez el secreto sea que lleva una vida entera pensando y escribiendo sobre temas existenciales, esos que nos conectan con las napas subterráneas del misterio y de lo indecible.

Estamos ante una mujer de 74 años vividísimos. Acaba de presentar su última novela, Animales difíciles (Seix Barral), la serie de ciencia ficción protagonizada por Bruna Husky, una androide detective que a esta altura funciona como su espejo distópico. Esta, la cuarta historia, es el cierre de un proceso creativo que comenzó en 2011. Rosa está atravesando el cimbronazo emocional de dejar atrás a Bruna y de empezar a bosquejar un nuevo horizonte ficcional. Es una especie de duelo. Aún así, como dice, tiene una sopa química tal que la hace entusiasta y arrolladora, en las penas y en las alegrías, en las nostalgias y en las esperanzas.

La invitación está hecha: descendamos a las profundidades de esta escritora que supo ganarse la vida como periodista y entrevistadora; que fue una niña enferma y una jovencita que se hizo espacio en redacciones cuando eran tierra casi exclusiva de señores que oscilaban entre la mirada paternal y la lasciva. Con ustedes, Rosa Montero.

¿Qué sentís cuando “baja” la historia?

Es como orgásmico, es lo más parecido al amor. Es una enajenación feliz, es una cosa fantástica. Vuelas.

¿Encontraste cierta estructura para lograr que eso pase o simplemente sucede?

No, aparece o no aparece. Hay escritores que no saben empezar los libros, hay escritores que no saben terminar los libros, y hay escritores que se hunden en la mitad. Yo soy de los que se hunden en la mitad. Entonces, cuando estoy escribiendo una novela, que es una carrera de larga distancia, siempre hay un momento en donde me pierdo, digo: "No, esto no vale, no sé”.

¿Y qué hacés para salir del brete?

Bueno, ahí normalmente hay un bajonazo tremendo, o sea, que me puedo pasar dos meses sentándome todos los días a escribir, a trabajar y tirándolo todos los días, es muy duro. Y nada, con el trabajo y más trabajo, sales adelante.

¿Qué tres cosas caracterizan tu estilo como escritora?

(piensa) Empatía, búsqueda de la originalidad y rigor expresivo, en el sentido de que solo quiero escribir de aquello que necesite escribir.

A los 60 empezaste a crear el mundo de Bruna. A los 70 y pico, ¿qué desafío te pusiste?

Pues yo creo que esas cosas se ven a posterior. Pero el desafío mayor es seguir, es morirme muy viva. Eso es lo más difícil, te lo aseguro. Yo soy super vitalista, soy una vividora total, me encanta vivir, soy una disfrutona. Tengo una especie de suerte genética, porque debo de tener una sopa química muy llena de oxitocina. Disfruto viviendo. Un día me levanto y veo un sol espléndido y digo: "Ah, qué día tan bonito, qué sol tan bonito". Pero me levanto al día siguiente, está jarreando y yo digo: "Ah, qué lluvia tan bonita, me encanta”, ¿entiendes? Me gusta todo. Entonces, disfruto muchísimo la vida. Y como me gusta mucho la vida, no tengo ninguna intención de ser la más vieja del cementerio. No me interesa vivir si no puedo disfrutar la vida con igual intensidad.

Y decís que es muy difícil morirse bien viva.

Lo que pasa es que todos tenemos muchos espejismos en la vida. Uno de los que se tiene es que se piensa que tú nunca vas a ser un viejo como los viejos deteriorados que ves. Entonces, dices: "Qué horror envejecer”, y te dicen: "No, pero es mejor que morirse". Y yo digo: "Perdón, depende de qué vejez estemos hablando”. Yo creo que es muchísimo mejor tener una vida completa y plena hasta el final, hasta el último momento. No tengo ninguna ambición ni ninguna intención de ser la más vieja del cementerio, ninguna. Quizás de ser la muerta más feliz, sí, eso sí.

¿Y qué hacés en ese sentido? Al ser tan apasionada, ¿cómo te cuidás?

Bueno, primero hay una cosa esencial que tengo, y vuelvo a dar gracias, y es una dotación genética tremenda porque vengo de familias muy longevas, y la parte genética sin duda influye. Mi hermano tiene 79 años y parece que tiene 60, por ejemplo. Mi madre murió con 99 años. Después, creo que lo más importante es moverse, el ejercicio es más importante que la dieta, más importante que nada. Intento hacer normalmente hora y media de ejercicio al día. Llevo 50 años haciendo eso.

Recuerdo que contaste alguna vez que de muy jovencita sentías tanta energía por momento que corrías por la calle simulando que ibas tras el colectivo.

Sí, sí, disimulaba porque iba con el bolso y los libros corriendo como una desesperada, solamente por el subidón de energía que tenía (se ríe).

Es impresionante que esa misma Rosa, desde los 5 hasta los 9 años, estuvo frenada en su casa por la tuberculosis. ¿Cuánto de esta necesidad de movimiento tendrá que ver con aquello?

Puede ser que sí, claro, porque estaba en casa frenada y, además, siendo yo tan física y necesitando tanto, mis padres que me sobreprotegían y me daban todo el tiempo excusas para que no hiciera gimnasia.

Con la tuberculosis, ¿sentiste que te podías morir?

Jamás, jamás tuve esa sensación. Creo que al contrario, me dio como una sensación de omnipotencia, de “yo puedo”. Creo que la enfermedad y la escritura vienen de una misma causa.

¿Cuáles son tus pendientes?

Los pendientes, no, pues… es que creo que es absurdo lamentar lo que no has vivido. Y como además es inarreglable, pues mira, una tiene que aprender de lo que ha hecho, no para sentirse culpable, sino para sentirse responsable y para ver si puedes cambiar algo que te haga sentir más feliz con tu vida actual. O sea, que no es que vayas viviendo como una bruta, sin aprender; pero arrepentirse o decir: "Oy, que pena”, no. Yo no vivo mirando para atrás, tampoco vivo mirando el futuro. Intento aprender.

No mirás el futuro pero escribís ciencia ficción y estás muy atenta a todas esas cuestiones que están por venir.

Sí, bueno, me encanta como curiosidad futura. Me encantaría levantarme de la tumba cada 25 años a ver si a ver qué está pasando (se ríe).

¿Estás enamorada?

Pues enamorada, no, pero tengo una alegría por ahí (risas).

¿Es diferente el amor con 70 que a los 40?

Para mí, no. Aprendí. Yo he sido el modelo típico de apasionada de libro. Desgraciado aquel o aquella que no haya conocido la pasión amorosa, porque la pasión extrema es uno de los grandes inventos de la humanidad; pero desgraciado o desgraciada aquella que viva todo el rato en la pasión amorosa. Porque es un invento, no es real.

¿Es una decepción aceptar eso?

Bueno, tienes que ir aprendiendo a vivir, ¿no? Para mí lo que era un duelo fue vivir como yo viví durante muchas épocas de gran parte de mi vida, que te enamorabas como una becerra de alguien y entonces lo amabas, empezabas a vivir con esa persona y, claro, la realidad corroe. Aunque sea un tío maravilloso, la realidad corroe esa pasión, porque es que tú te la inventas. En la pasión amorosa te inventas al otro, no te enamoras del otro. Entonces, al cabo de 2 años pues un tío que te gustaba, que te morías cuando te miraba y te derretías, ya te has aburrido de él porque ya no es, ya no quieres estar con él y no solo eso, retiras el cuerpo. Entonces, es enfermo, es patológico, es horrible. Y tu cabeza dice: "Pero si es un tío maravilloso, si me quiere bien, estoy loca". Y cuando repites eso varias veces, te odias.

¿Cómo cambiaste el chip?

El psicoanálisis me vino muy bien y voluntariamente intenté. Y lo conseguí con Pablo (Lizcano), con quien estuve 21 años, pero ya con 40 y tantos años. Conseguí de repente pasar ese rubicón y reencontrarme con el hombre, amar al hombre real. Los apasionados del libro somos adictos al pelotazo, a la adrenalina, al carrusel de luces, a la intensidad. Entonces de repente conseguí descubrir que con el amor cotidiano, lo que yo llamo “el amor heroico” porque es amar al otro conociéndolo; pues no vives todo el rato subida a Saturno, pero que, de cuando en cuando, hay una una explosión de veracidad y amor profundo y real mucho más intenso, porque sabes que es verdadero, tan bonito que no tiene color. Y eso lo viví con él.

Y eso permite entregarse en una versión más genuina.

Efectivamente, entonces es un amor mucho más real y es un amor que se construye, que hay diferencias, hay momentos de encuentro, momentos de desencuentro, los momentos de encuentro son mejores que nada, que nada antes.

¿Estás en el lugar que querés estar, Rosa?

Sí, estoy contenta con mi vida, hay cantidad de cosas que sé que he hecho mal, no quiero decir que mi vida haya sido fabulosa en todo. Pero yo creo que ha sido muy intensa, que he intentado hacerlo siempre lo mejor posible. Soy una persona que elige equivocarse por acción y no por omisión. Siempre he preferido equivocarme y arrepentirme de las cosas que he hecho que de las cosas que no he hecho. Yo creo que ese es un gran consejo para la gente. Entonces, aunque he hecho cosas de las que me arrepiento, cuando las escogí, creía que era lo mejor y está bien.

¿Nos vamos reinventando o nos vamos sacando capas de la cebolla?

Nos vamos reinventando. Y vamos encontrando, porque dentro de nosotros somos muchos y de repente en un momento impera más un yo y en otros momentos impera más otro. Y vas aprendiendo y vas olvidando. He tenido grandes dolores, pero no quisiera olvidarlos también porque son parte de la vida. Y el cuerpo y el corazón y la cabeza ya se encargan de colocar los dolores en un lugar en donde te permitan seguir viviendo.