
Familia
Menos nacimientos, maternidades tardías y familias más pequeñas: una transformación global que interpela deseos, mandatos y elecciones.
¿Te diste cuenta de que cada vez hay menos bebés? Si comparamos los nacimientos en Argentina durante 2024 —el dato más actualizado disponible— hubo un 44% menos que hace diez años. A su vez, la reducción fue del 10,36% respecto a 2023. Esa brecha interanual creció 3,5 puntos, ya que en 2023 la baja frente a 2022 había sido del 7%. Es un fenómeno global: la población mundial es cada vez menor y está envejeciendo.
Paulina (34) fue una de las mujeres que tuvo un hijo en 2024. Mateo está por cumplir un año y medio y ella vive el desborde típico de malabarear la crianza sin descuidar la peluquería que sostiene desde hace 5 años. Lo concreto es que tuvo que reducir su horario a la mitad. Como al pasar, cuenta que sus amigas no la entienden del todo y desliza un dato revelador: de 8 mujeres, ella es la única madre. De las otras 7, solo una proyecta un futuro con maternidad pero no encuentra con quién. Las 6 restantes no quieren tener hijos.
La disminución en la tasa de natalidad incluye personas sin hijos —por elección o por distintas circunstancias—, personas con menos hijos y el retraso en el inicio de la búsqueda de un embarazo, lo que se enlaza con el crecimiento sostenido de la fertilidad asistida.
¿Cómo se arma un rompecabezas de factores económicos, culturales, sociales y generacionales, que parece estar gestando una transformación profunda?
Hay dos motivos centrales que aparecen con fuerza entre quienes postergan o rechazan la maternidad: el deseo de priorizar el propio proyecto de vida y la preocupación económica. Son argumentos recurrentes entre mujeres de treinta y pico que demoran o directamente resisten la llegada de un bebé.
Dolores Dimier, doctora en Humanidades y secretaria académica del Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad Austral, señala que este escenario se explica en parte por una transición cultural: “Pasamos de una sociedad del deber a una sociedad del deseo. Se diseñan proyectos de vida más individualistas y a corto plazo, que buscan evitar el sufrimiento y la renuncia. Es una generación atravesada por un pesimismo sistémico: la crisis climática, la viabilidad del planeta y la inestabilidad global generan el dilema de preguntarse a qué mundo llegaría un hijo”.
Para la psicóloga Laura Ottone, directora de Fundación ECCO, la dificultad para proyectar está atravesada por la lógica de la inmediatez. “En un contexto de tanta incertidumbre, pensar a largo plazo se vuelve complejo. La estabilidad y la rutina que requiere la crianza muchas veces resultan incompatibles con la actividad laboral y con los deseos personales. Además, estamos frente a generaciones que reflexionan mucho sobre lo que sienten y valoran el autocuidado, algo que ni siquiera se planteaba en las anteriores”, explica.
En una encuesta que realizó la UADE en 2025, el factor económico aparece como la principal razón para no tener hijos: para el 35% de quienes no son padres y para el 27% de quienes ya lo son y no desean ampliar su familia. Pero Nicolás Sacco, sociólogo y demógrafo, investigador del CONICET en el CENEP, introduce un contrapunto: “Desde la teoría demográfica sabemos que a mayor desarrollo socioeconómico, menor natalidad. Los países más ricos fueron los primeros en bajar su fecundidad. En Argentina, hasta la caída de natalidad que comenzó en 2014, las condiciones materiales no eran vistas como un impedimento; incluso se sostenía que los sectores más pobres tenían más hijos”.
Lo cierto es que, con un pluriempleo creciente, hay menos espacio para los tiempos familiares. “El sistema laboral actual está diseñado bajo la lógica de un trabajador sin responsabilidades de cuidado, ajustado a ciertas exigencias de disponibilidad y productividad que coinciden con los años de mayor fertilidad”, dice Dimier y agrega que desde esta perspectiva, podría entenderse que la familia ya no es la prioridad del sistema social. “Hoy se valora al individuo como productor y consumidor, y por último, como cuidador. La dinámica debería ser exactamente la inversa: el cuidado (doméstico, informal y formal) en Argentina representa entre el 18 y el 20 % del PBI”, señala.

Si durante décadas la maternidad fue un hito incuestionable, hoy ese lugar aparece profundamente resignificado. ¿Qué queda de la maternidad como el único destino posible de nuestras abuelas cuando sus bisnietas la barajan como una entre muchas posibilidades de autorrealización? En su consultorio, Ottone ve que todavía persiste la expectativa social de que una mujer “naturalmente” quiera ser madre, aunque en adolescentes y jóvenes esa distancia es cada vez mayor.
Es que entre los de veintipocos la idea de no tener hijos aparece con más fuerza y más temprano. “Cada vez más es una decisión declarada desde la adolescencia. Ser childfree se convierte en una identidad visible y valorada”, agrega Dimier.
Ottone pone el foco en una palabra clave: decisión. “Que hoy muchas mujeres se permitan preguntarse si el deseo de ser madre es propio o heredado es un logro generacional. Ese discernimiento puede generar conflicto, culpa o angustia, pero también habilita decisiones más conscientes y mayor libertad psicológica”.
La Demografía confirma que se retrasa cada vez más la decisión de tener hijos y los datos del Ministerio de Salud grafican la tendencia: de los 413.135 nacimientos registrados en 2024, 18.735 correspondieron a mujeres de entre 40 y 44 años y 1.952 a mujeres mayores de 45.
“La fertilidad femenina alcanza su pico entre los 20 y 25 años y cae de manera significativa a partir de los 35. Muchas veces hay una ilusión de fertilidad eterna, como si la tecnología siempre pudiera resolverlo, pero las tasas de éxito de la fecundación in vitro también disminuyen con la edad de la madre”, dice Dimier. Lo concreto es que mientras la natalidad baja, la industria de la reproducción asistida no deja de crecer.
De todos modos, “por ahora, la mayor parte de las mujeres llegan al final de su vida reproductiva con hijos, aunque disminuye el número que van teniendo”, subraya Sacco.
Uno de los costados positivos de la baja de natalidad es la disminución de los embarazos adolescentes: en 2023, fue un 64 % menor que en 2005. A su vez, entre las madres con menor nivel educativo, los nacimientos se redujeron un 77 % desde ese año. Para Sacco, la educación sexual integral permitió separar la sexualidad de la reproducción obligatoria y promover que los nacimientos sean deseados y planificados. Pero sostiene que esas políticas no son responsables del envejecimiento de la población y para demostrarlo pone el ejemplo de Irán: aunque allí no hay educación sexual integral ni políticas de prevención de embarazos, la fecundidad sigue bajando. “Es un fenómeno multicausal e independientemente de las políticas que intentan dar vuelta esa caída. Pero lo que hace la ESI es otorgar derechos a personas que antes no lo tenían. Y eso es una noticia excelente en términos de salud pública”, celebra.
En generaciones permeadas por el placer inmediato, la fugacidad y los múltiples estímulos, ¿cuánto jugará en la decisión de no tener hijos la dificultad para asumir un compromiso tan demandante como la crianza? “En muchos casos se trata de un deseo profundamente pensado, pero en otros es una cuestión más evitativa. Lo que aparece con mucha claridad es el reconocimiento de que criar implica una entrega sostenida, una responsabilidad constante y definitiva. Aún así, que alguien pueda decir “esto es demasiado para mí” habla de una mayor honestidad y conexión con sus posibilidades y deseos”, aclara Ottone.

“Para mí este mundo está perdido, lo más responsable que puedo hacer es no traer a nadie más a este loquero”, resume Lola, profesora de Literatura, de 24. Como ella, muchos defienden la postura como respuesta racional y responsable ante una sociedad que se ha vuelto hostil.
Incluso cada vez más parejas se consolidan y se sienten una familia sin que haya una criatura en común. Ese es el caso de Mariano (34) y Laura (33). Ella lo relata simple: están tan bien juntos, compartiendo y disfrutando de su intimidad que pensar en un bebé les genera miedo de que se les tambalee la estabilidad. Después de 8 años de relación, a los dos les pasa lo mismo. No es igual para Josefina (37) y Daniel (36): ella no quiere saber nada con la idea de un embarazo pero desde hace un par de años que él insiste con el tema. ¿Qué pasará si a corto plazo alguno de los dos no cambia de opinión?
La baja natalidad se combina con una mayor expectativa de vida, el resultado es el envejecimiento poblacional. Según Sacco, el error es leer este proceso en clave alarmista: “No es ni bueno ni malo que la población no crezca. Es algo que está pasando y de lo que hay que hacerse cargo con políticas públicas que se orienten hacia una nueva planificación de las sociedades”.
Las consecuencias ya empiezan a verse: menos maternidades, menos alumnos en las escuelas y más demandas asociadas a una población envejecida. Según un informe de Argentinos por la Educación, la matrícula primaria caerá un 27% hacia 2030.
El problema no es que nazcan menos personas, dice Sacco, sino cómo nos hacemos cargo de un mundo que va a cambiar. “Los demógrafos tenemos información empírica que nos muestran que muy probablemente las sociedades vayan hacia un envejecimiento paulatino. No es una crisis, sino que es un dato. Tenemos que ir escribiendo el futuro, nosotros como sociedad y como personas. El futuro está por hacerse”.