
Alerta tendencia
La estética de prendas rotas y gastadas se fortalece en 2025 como tendencia global entre marcas de lujo y streetwear. Una propuesta que mezcla deconstrucción, estrategia comercial y un debate sobre sostenibilidad y autenticidad.
Balenciaga convirtió el aspecto destrozado en un concepto en sí mismo y en una marca registrada de la casa que no paró de generar debates. La casa, bajo la dirección creativa de Demna Gvasalia,(actual director creativo de Gucci) lanzó piezas como las Paris Sneakers (zapatillas destruidas cuyo valor es de 1850 dólares) y remeras con roturas que avivaron el debate sobre por qué pagar por ropa que parece (muy) usada. Este 2025 y en el próximo 2026 la ropa con roturas sigue vigente y genera interrogantes sobre valor, estilo y consumo.

La tendencia no nació de la nada: viene de movimientos contraculturales como el punk y del grunge, y pasó por iconos y diseñadores que impulsaron la deconstrucción estética. Lo roto funciona hoy como lenguaje: sugiere autenticidad, rebeldía y una historia que puede ser real o simulada. Al mismo tiempo, la adopción por marcas de lujo revirtió el sentido original de protesta y lo transformó en objeto aspiracional.

En el mercado conviven piezas fabricadas con acabado envejecido y ropa realmente usada que circula en plataformas de segunda mano. La opción industrial requiere procesos adicionales y control técnico, lo que explica precios elevados en firmas como Balenciaga o Golden Goose. Al calor de la tendencia surgieron debates públicos sobre coherencia y sostenibilidad, y episodios como una crítica viral a un suéter de Balenciaga (lanzado en 2021) que costaba 1400 euros y parecía un “trapo viejo”. Esto despertó una polaridad respecto del uso de este tipo de prendas y una búsqueda de la razón por la cuál alguien paga una suma altísima por llevarlo puesto.


El jean roto tuvo su origen en el uso laboral y luego se resignificó como símbolo estético en los años 60 y 70. El punk y la contracultura lo consolidaron como gesto de ruptura, y la moda comercial lo recicló en distintos grados durante décadas. La historiadora Einav Rabinovitch-Fox relaciona ese pasaje del uso a la moda con el cambio social en la percepción de clase y estilo.

También hay una realidad y es que lo roto comunica autenticidad y distancia frente a imágenes pulidas y perfectas en redes.

Sin dudas, los cambios sociales suelen reflejarse en nuevas maneras de vestir y el desgaste puede leerse como cuestionamiento de certezas industriales o mandatos a cumplir.

Como decíamos, Balenciaga reavivó la discusión con lanzamientos que imitan uso extremo. Modelos como las Paris Sneakers y los Destroyed Hoodie marcaron un antes y un después en la visibilidad de la estética “destroyed”. La explicación oficial de la marca vinculó la propuesta con una lógica de inversión y durabilidad.

“Pensadas para ser utilizadas toda la vida” dijo Balenciaga.

Otras casas y marcas de streetwear sumaron variantes: Golden Goose popularizó zapatillas con aspecto usado y marcas de autor llevaron la deconstrucción a pasarelas. El fenómeno impulsa ventas en segmentos jóvenes (y no tanto) y las celebridades, en especial futbolistas o deportistas internacionales, confirman la tendencia.
El debate ambiental acompaña la moda desgastada: fabricar ropa nueva para que parezca vieja resulta contradictorio frente a la contaminación textil. Los expertos ofrecen variantes.

Las plataformas de segunda mano como Vinted, The RealReal y Vestiaire Collective aparecen como vías coherentes para acceder a piezas auténticamente usadas y prolongar la vida útil de la ropa
Ante la polémica, la reutilización, la reparación y la compra preloved aparecen como consecuencias prácticas y verificables que pueden articular estética y sostenibilidad, mientras la industria decide si sigue simulando desgaste a precios dignos de una elite, o apuesta por la circularidad, accesible a todas las personas y realmente amable con el planeta.