
Moda
Si el “lujo silencioso” no es lo tuyo, no te preocupes: las pasarelas 2025 demuestran que el maximalismo está de vuelta y en pleno apogeo. Susie Lau, pionera en adoptarlo, explora la tendencia.
Cuando tenía 17 años, me votaron como “la persona con más potencial, la próxima Donna Karan”, en el anuario de graduados. Aunque mis compañeros de clase bien intencionados no hayan seleccionado a la diseñadora más adecuada para lo que era mi estilo real (sin ofender a la inimitable Donna, por supuesto), lo que querían decir era: “A Susie le gusta la moda” o, mejor dicho, “No terminamos de entender por qué viene a la clase de historia de 6° con una blusa victoriana, dos faldas lenceras vintage, medias gruesas a rayas y zapatillas con plataforma...”.

Para mí, más siempre ha sido más. Desde el momento cero tenía control total sobre lo que podía ponerme y me teñía desordenadamente con un arcoíris todas las prendas lisas que veía. Una falda no era suficiente, necesitaba tres capas. ¿Había alguna manera de emparejar el azul pálido, el verde menta y el rosa caramelo a la vez? ¡Claro! ¿Podría equilibrar visualmente cinco estampados? La respuesta siempre fue sí.

Y cuando finalmente pude comprar mi propia ropa, siempre me inclinaba hacia las prendas más decoradas, las paletas de colores más amplias y brillantes y las texturas más locas. El maximalismo y lo llamativo han sido mi lugar de refugio en momentos de dificultad, tristeza o inseguridad. Y cuando la gente hablaba sobre el “efecto dopamina” de la ropa después de la pandemia, yo podía mirar con aires de superioridad mi vestidor hiperestimulante para obtener éxito instantáneo.

Gracias al retorno de Alessandro Michele a la moda, como director creativo de Valentino, el maximalismo regresó. Una vez más, estamos en libertad para experimentar con capas de inspiración vintage, rindiendo homenaje a la embriagadora historia de la firma de grandes lazos, encajes y lunares. Pensemos en los excesos de la década de 1980 tal y como se representan en la serie Rivals, la exitosa adaptación televisiva de Jilly Cooper. Nicolas Ghesquière nunca fue de los que rehúyen la máxima expresión, y en Louis Vuitton nos desafió con el hibrido vestido-pantalón. En Saint Laurent, Anthony Vaccarello buscó en el archivo de la casa y encontró oro con sedas y satenes contrastantes en tonos vibrantes. Y Jonathan Anderson nos hizo saltar al ritmo de su estilo con faldas con aro del siglo XIX, y con vestidos y plumas iridiscentes en Loewe, antes de abandonar recientemente la firma.

Las mayores manifestaciones del maximalismo y la espectacularidad son las que te hacen creer que podrías deambular por el supermercado sin problemas con estos equipos extremos. La pregunta es: ¿desapareció realmente el maximalismo? Puse los ojos en blanco cuando innumerables artículos ensalzaban la virtudes “discretas” del “lujo tranquilo”, arengados por la última temporada de Succession… Recordemos el nombre acuñado en 2013 por una agencia de tendencias: “normcore style” para describir las prendas básicas y cómodas que curiosamente se oponen a las tendencias y hacen visible un estilo funcional en tonos neutros.

Con cada declaración de tendencia antimoda y pseudominimalista, inevitablemente habrá una reacción inmediata y contundente que se niega a desentenderse de lo que la moda tiene para ofrecer: colores, estampados, texturas, telas y formas exuberantes. Estas son las cosas que hacen de la moda algo tan interesante. Además, lo máximo depende de tu punto de vista. Incluso en el canon de la supuesta minimalista Phoebe Philo, hay momentos máximos: los pantalones con bordes de plumas y curvas recortables (que, por ejemplo, se agotaron en un instante). Matthieu Blazy -quien alguna vez trabajó para Philo en Celine- ha hecho suya Bottega Veneta con su brillante habilidad para las texturas divertidas y así atrae la atención y celebra la artesanía. El maximalismo va más allá de las etiquetas y la estética de moda; más bien, es una actitud y eso alimenta constantemente la creatividad y la experimentación.

Alguna vez he dicho que si fuera una compradora compulsiva de alguna boutique, me gustaría elegir las cosas más atractivas que ofrecen. Aquellas que no tienen viabilidad comercial. Esas que usan solo como exhibición con la esperanza de convencer a la gente de que necesitan ese minivestido rosa que están viendo en una vidriera. Personas como Annie Doble, proveedora de piezas vintage y diseñadora de ropa en OTT, ha capturado a un público fiel de admiradores que solo quieren prendas extravagantes. En sus boutiques de tesoros en Ibiza y Londres reina el maximalismo. “Diseñé un vestidito negro en mi última colección, pero no pude venderlo. Simplemente no funciona”, me dice. “Mis best sellers más vendidos son piezas extravagantes”, agrega.

Durante un tiempo, Instagram y su algoritmo anunciaron una uniforme ola de influencers en sus capas de beige perfectamente articulado, con sus matcha lattes y sus rutinas de entrenamiento. Sin embargo, TikTok dio paso a la imperfección y a la irreverencia en el contenido de las redes sociales, lo que significa que el estilo individual triunfó una vez más. Eve-Lily Charlotte, una autoproclamada “dama de los gatos maximalista” con sede en Manchester, ha dicho: “Siempre me he sentido como un paria, y algunos de mis mensajes favoritos son de personas que sintieron que no podían vestirse de cierta manera debido a este otro estilo de influencers minimalistas. Dicen que ver mis looks les da la confianza para salir de su caparazón”, cuenta.
El maximalismo no siempre tiene que ser de alto voltaje o un gesto visual restringido a las alfombras rojas y videos elegantes que son la excepción. Debe ser una forma de vestir para nuestros propios placeres personales. Ese es el verdadero poder del maximalismo de la moda en medio de conflictos, economías inestables y un orden mundial que tambalea. La alegría de zapatos con perlas, un vestido de lunares con volados, una falda de tul o un total look rosa o rojo tiene la capacidad infalible de elevarnos. Aunque solo sea por un único momento.
Por Susie Lau.