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Un cierre perfecto para el estilismo. Un accesorio feliz que vas a querer incorporar.
Enormes, pequeños, en el centro, al costado, en forma de top o bufanda. Los creadores revelaron el poder de este detalle que todo lo mejora. Sutil, femenino y a la vez imponente, es un ítem que nos encanta.

Desde Viktor & Rolf hasta Carolina Herrera recurrieron a este recurso para levantar los looks. La razón es simple: suman una dosis de humor y transforman equipos básicos en conjuntos únicos. Nadie puede imitar la caída de un lazo o la manera de hacernos un moño.

Pero hay más: este lazo tiene una historia. El moño, como accesorio en la ropa, tiene una historia rica que va desde símbolos de estatus hasta expresiones de rebeldía.

En la época romana, especialmente en Egipto, los moños eran exclusivos de la nobleza y la realeza, adornados con bucles y considerados un símbolo de alto rango. Más tarde, durante el siglo XVIII, se popularizaron como accesorios de moda entre la aristocracia, un ejemplo claro fue María Antonieta y sus peinados con cintas.

En el siglo XX, los moños se convirtieron en un elemento de moda femenina, presentes en la lencería, los vestidos y el pelo, asociados con la feminidad. Sin embargo, este detalle también está asociado a momentos de rebeldía.

Su resurgimiento, adoptado como una forma de desafiar estereotipos de género y abrazar la feminidad de manera empoderada, convirtió al moño en una herramienta para reivindicar la identidad propia, celebrar la diversidad y desafiar las normas impuestas.
Una forma de rechazar la misoginia y romper con la idea de que lo femenino es sinónimo de debilidad. Los moños empiezan a aparecer en todas partes: enormes, coloridos, diferentes, y de a miles. El moño así, se transforma en una pieza que reivindica el empoderamiento femenino y se viraliza como un elemento de resistencia.