8M: La agenda pendiente (y urgente)

8M: La agenda pendiente (y urgente)

Día de la Mujer

María Migliore reflexiona sobre brecha salarial, cuidados, violencias, autonomía económica y feminismo. Qué cambió, qué falta y por qué hay que incluir a los hombres en la lucha por la igualdad.

06/03/2026 22:48

María Migliore tiene 40 años, una hija de 8 y otra de 12, y una trayectoria atravesada por el trabajo social y la gestión pública, donde la agenda de género terminó ocupando un lugar central. Creció en la localidad bonaerense de San Miguel, se formó en un colegio católico, en un entorno más bien conservador, y llegó a la política a partir de una pregunta que se hizo desde chica: por qué el punto de partida de algunas vidas es tan distinto al de otras. Politóloga y gestora social, fue ministra de Desarrollo Humano y Hábitat de la Ciudad de Buenos Aires desde 2019 hasta 2023, y hoy, fuera de lo estatal, sigue buscando incidir en políticas públicas desde el diseño y la investigación en Fundar. En ese recorrido, la discusión por el aborto legal fue un quiebre para ella; escuchar las historias de mujeres que atravesaban decisiones límite en condiciones de mucha vulnerabilidad la obligó a correrse de certezas heredadas y a revisar sus propias creencias.

En la antesala de un nuevo 8M, Migliore piensa el feminismo como ese “lindo quilombo” que incomoda, discute y transforma, “una fuerza imperfecta pero necesaria para ampliar derechos y reconstruir lo común”. No se trata entonces solo de leyes ni de discursos, “se trata de cambiar las condiciones concretas de vida”. Y en esa tarea, considera, las mujeres ocupan un lugar central.

D.R.
D.R.

¿EN QUÉ MOMENTO SENTISTE QUE LA AGENDA DE LAS MUJERES SE VOLVÍA UNA CAUSA PROPIA?

Mi acercamiento al feminismo fue a lo largo de los años. Le agradezco muchísimo todos los aportes que hizo en mi manera de mirar y entender el mundo. Cuando te adentrás en la realidad social, aparecen muchos cuestionamientos. Para mí, fue muy importante la campaña por la legalización del aborto. Vengo de un mundo muy conservador, muy vinculado con la Iglesia, así que el debate era fuerte. Escuchar las vivencias de muchas mujeres, sobre todo de sectores populares, que habían atravesado abortos en condiciones muy precarias, me cambió la mirada. También conocí colectivos de mujeres que me inspiraron y me sostuvieron. Ahí entendí lo difícil que es la gestión pública para una mujer y la importancia de construir redes. Tenemos que usar los lugares que ocupamos para que la agenda y el feminismo sigan visibles. El contexto es hostil, pero estoy segura de que va a volver a tomar fuerza.

EN UNA ENTREVISTA DIJISTE QUE, “AUNQUE LA LEY DIGA QUE SOMOS IGUALES, LAS MUJERES LA TENEMOS MÁS DIFÍCIL”. ¿DÓNDE LO VES MÁS CLARO: EN EL TRABAJO, EN LA CASA, EN LA JUSTICIA?

Como la ley dice que somos iguales, se asume que las condiciones también lo son. Y no. No hay ninguna ley que me impida ser CEO, pero en la práctica pasa otra cosa. Por ejemplo, hoy en la Argentina el 63% de las personas que se gradúan en la universidad son mujeres y, sin embargo, cuando mirás quiénes llegan a los lugares donde se decide, en empresas, en directorios, son menos del 10%. Ese es el famoso techo de cristal. Es eso que no se ve, pero se siente: no hay una norma que te prohíba llegar, no es falta de ganas ni capacidad, hay barreras invisibles que hacen que nos cueste mucho más acceder a los lugares donde se decide. Por eso hay que cambiar las reglas de juego.

ENTRE ESAS BARRERAS ESTÁ LA MATERNIDAD. ¿QUÉ POLÍTICAS CONCRETAS HARÍAN UNA DIFERENCIA REAL?

En mi experiencia, ser madre es algo hermoso y muy potente, pero también muy demandante. Exige cuerpo, cabeza y tiempo. Por eso, lo primero que hay que cambiar es la mirada: criar y cuidar son importantes; valen mucho para la sociedad. Durante largo tiempo, la maternidad se dio por sentada, como si no costara, y todavía no se reconoce todo lo que implica. Al mismo tiempo, tenemos que empezar a hablar en serio de la paternidad. Mi segunda hija nació prematura y estuvo internada varios días. Mi hija más grande tenía 4 años; necesitaba también cuidado. Legalmente, mi marido tenía cuatro días de licencia. Una locura. No podemos cuidar solas; todo es mejor cuando esa tarea es compartida. A partir de esto, las políticas públicas hacen la diferencia: ampliar las licencias por maternidad y equiparar las de paternidad, avanzar hacia esquemas de cuidado compartido, fortalecer e innovar en servicios de la primera infancia y que los entornos laborales acompañen estas decisiones. Tener hijos es una decisión personal, pero valorar y reconocer eso es una responsabilidad social. Cuando el cuidado se reparte y se valora socialmente, la maternidad deja de ser penalizada y pasa a ser una elección mucho más fácil.

¿CÓMO SE TRADUCE LA IDEA DE REDISTRIBUIR EL CUIDADO EN ALGO QUE LE CAMBIE LA VIDA A UNA MUJER COMÚN?

Voy con ejemplos concretos. Yo tengo dos hijas; cuando su papá pasa tiempo con ellas y cuida, todo es positivo. Es bueno para ellas, para él y también me libera tiempo para trabajar, estudiar o descansar. Él no me hace un favor; es parte de su rol como padre compartir el cuidado. Eso cambia dinámicas concretas. Por otro lado, hoy tenemos cada vez más personas mayores que están siendo cuidadas por familiares o personas cercanas. Me pregunto qué pasaría si ese cuidado fuese rentado y reconocido. ¿No estaríamos generando ingresos, fortaleciendo vínculos y liberando tiempo para muchas mujeres? Cuando el cuidado se comparte y se valora, la vida cotidiana cambia de verdad: hay más autonomía, más plata y más posibilidades reales de elegir.

TU BIO DE IG HABLA DE “RECONSTRUIR LO COMÚN”. ¿QUÉ SERÍA “LO COMÚN” CUANDO HABLAMOS DE DERECHOS DE LAS MUJERES? ¿ESE MÍNIMO COMPARTIDO QUE NO DEBERÍA DISCUTIRSE?

Para mí, reconstruir lo común es el gran desafío de este tiempo. En un país cansado y polarizado, lo común no es un discurso, son cosas muy básicas que ordenan la vida diaria. Que el espacio público esté cuidado e iluminado, que el transporte funcione, que moverte por la ciudad no sea una odisea, que puedas trabajar y volver a tu casa sin miedo, que el tiempo y el esfuerzo alcancen. Cuando mirás eso desde la experiencia de las mujeres, se vuelve todavía más claro. Una camina sola de noche y, si la calle está oscura o vacía, no piensa en llegar tarde, piensa en si está segura. Con mis amigas, cada vez que salimos nos escribimos para chequear que todas volvimos bien. Pensar la ciudad desde ahí, no es exagerado ni sectorial: es hablar de cosas muy concretas. Calles bien iluminadas, paradas de colectivo cerca de tu casa, plazas cuidadas. Ese es el piso mínimo de lo común. Y depende de decisiones políticas hacerlo.

DECÍS QUE EL FEMINISMO “PARECE UN QUILOMBO” PERO QUE ES “UN LINDO QUILOMBO”. ¿QUÉ SIGNIFICA HOY PARA VOS ESA FRASE EN LA VIDA REAL DE UNA MUJER? ¿CÓMO SE SOSTIENE UNA AGENDA FEMINISTA SIN QUE SE CONVIERTA EN IDENTIDAD DE “TRIBU”?

Para mí que el feminismo sea un quilombo no es algo malo. Al contrario: habla de que está vivo. Toda fuerza colectiva real es desordenada, tiene tensiones, debates, aciertos y errores. No le tengo miedo a que sea una tribu; creo que ahí está su potencia. Una tribu grande, diversa, que no piensa todo igual pero que se encuentra en causas compartidas. El desafío no es volverlo prolijo o uniforme, sino evitar que se cierre, que se vuelva excluyente. Gracias a muchas mujeres que empujaron antes, hoy nosotras estamos acá. Eso es un legado y sostenerlo implica discutir, incomodarnos y seguir construyendo juntas, no convertirlo en una identidad rígida.

MUCHAS MUJERES SIENTEN QUE HAY DERECHOS EN EL PAPEL, PERO QUE NO SE VIVEN EN LA PRÁCTICA.

Muchas mujeres sienten eso porque es real. Hay derechos que existen en el papel pero no llegan a la vida cotidiana porque, como te decía antes, hay un sentido común machista que opera de forma “invisible”, por decirlo de alguna manera.

EN ESE ESCENARIO, ¿QUÉ DERECHO ES EL MÁS URGENTE DE GATANTIZAR EN LA ARGENTINA?

Hay muchas urgencias, pero me quedo con dos: la violencia física y el incumplimiento de las cuotas alimentarias. En Argentina, 1 de cada 2 mujeres atravesó alguna situación de violencia (física, psicológica o sexual) y, al mismo tiempo, casi 7 de cada 10 madres no cobran la cuota alimentaria de sus hijos como corresponde. Eso no es un detalle: es plata que no llega, tiempo que no se recompone, sufrimiento de los hijos y una desigualdad que lastima todos los días en la vida cotidiana.

OTRO PROBLEMA SON LOS FEMICIDIOS Y LAS VIOLENCIAS DE GÉNERO CON CIFRAS PREOCUPANTES. ¿LA SOCIEDAD TODAVÍA NO ESCUCHA O NO COMPRENDE ESOS FENÓMENOS?

Creo que todavía no estamos entendiendo del todo de dónde viene la violencia de género. No surge de la nada: sigue ligada a una lógica donde algunos hombres creen que pueden controlar a las mujeres y, cuando ese control se pierde, la violencia aparece como respuesta, como si no supieran manejar otro lenguaje que ese. En Argentina más del 80% de las víctimas de femicidio tenían un vínculo previo con el agresor. En más de la mitad de los casos, eran parejas o exparejas. Esa realidad me hace pensar que sin dudas esto no se resuelve dejando a los hombres afuera. El feminismo es con ellos o no es. Hay que construir nuevos modelos masculinos, darles un lugar en la sociedad. Es parte central de cualquier intento real de bajar la violencia. Hoy, además, esto se agrava con un clima de época marcado por el cansancio, una salud mental en crisis, millones de familias complicadas en lo económico. Nada de eso inventa la violencia, pero sí la empuja.

¿QUÉ SIGNIFICA PARA VOS TRANSFORMAR LA CONVERSACIÓN PÚBLICA SOBRE VIOLENCIA DE GÉNERO MÁS ALLÁ DE LOS DISCURSOS?

Transformar la conversación es hacerla real. Es dejar de repetir discursos que después no se traducen en nada concreto. Hablar menos en abstracto y más de qué pasa cuando una mujer denuncia, cuánto tarda la respuesta, si hay protección, si hay acompañamiento económico. La violencia no se cambia con consignas, se cambia cuando las palabras se convierten en decisiones, recursos y respuestas concretas. Todo lo demás es ruido.

SI TUVIERAS QUE PRIORIZAR TRES DEUDAS SOCIALES CON LAS MUJERES, ESAS QUE NO PUEDEN ESPERAR, ¿CUÁLES SERÍAN Y POR QUÉ?

Una es reconocer y revalorizar la energía femenina como una fuerza para organizar la sociedad: otra forma de ejercer el poder, de trabajar y de construir vínculos, que hoy sigue siendo subvalorada. La segunda tiene que ver con el tiempo y con reconstruir lo común: devolver tiempo propio a las mujeres, tiempo para vivir y, a la vez, para recomponer redes, comunidad y cuidado compartido, porque sin eso las mujeres terminamos más cansadas y más solas. Y la tercera, que a veces parece una agenda superada pero no lo es, es la violencia. Todavía hay enormes desigualdades en el acceso a la protección y, sobre todo, en la autonomía económica, que muchas veces es lo que permite desarmar situaciones de violencia. Cuando pensamos estos temas no podemos olvidarnos nunca de las que están últimas, esa tiene que ser siempre la medida de cualquier agenda de derechos.

FUISTE MINISTRA DE DESARROLLO HUMANO Y HÁBITAT EN CABA Y HOY TRABAJÁS EN POLÍTICAS PÚBLICAS DESDE FUNDAR. ¿QUÉ FUE LO MÁS DIFÍCIL (Y LO MÁS INJUSTO) DE GESTIONAR SIENDO MUJER EN ÁMBITOS DE PODER?

Tengo muchas historias. Historias de negociaciones concretas de proyectos donde fui subestimada desde el inicio, solo por ser mujer. Me pasó con contratistas de obras de construcción y también con referentes sociales. No es algo épico ni excepcional: es algo que nos pasa a casi todas las mujeres, esa sensación de tener que demostrar un poco más, explicar un poco más, para que te tomen en serio. Eso, en lugares de poder, es de las cosas más difíciles y más injustas.

EN EL CONTEXTO ACTUAL, QUE PARECE MÁS ADVERSO, ¿QUÉ TE DA ESPERANZA EN LA LUCHA POR LOS DERECHOS DE LAS MUJERES?

Los derechos de las mujeres avanzaron en contextos difíciles, incluso más hostiles que el actual. Recomiendo mucho la película Belén. Entre las muchas cosas positivas que tiene, es que muestra que los cambios no vienen de discursos grandilocuentes, sino de personas concretas que se la juegan cuando parece que no hay margen. Y que esas personas concretas son parte de algo más grande. Son transformaciones colectivas, donde mucha gente participa. Las conquistas no son lineales, pero tampoco desaparecen. Si una vez se pudo, se va a poder de nuevo. Eso me da esperanza.