
Vínculos
Daniel Habif y Anyha Ruiz, autores de El amor no se ruega, se riega, llevan 24 años juntos y nos cuentan cómo crecer de a dos y generar nuevos acuerdos. Entre el método y la flexibilidad.
Cuando todo parece descartable —los vínculos, las conversaciones, incluso el deseo— construir y sostener una relación amorosa profunda puede sentirse una misión imposible. La lógica del “scrolleo” y la idea de que siempre hay algo mejor esperando del otro lado de la pantalla volvieron más frágiles los vínculos y más difícil los proyectos compartidos.
Sin embargo, hay parejas que logran caminar a la par durante décadas sin resignarse a la costumbre ni perder el deseo de seguir eligiéndose. ¿La clave? Tal vez no sea la perfección ni la compatibilidad absoluta, sino una mezcla mucho más compleja entre método, flexibilidad, conciencia y misterio.
Conversamos con Daniel Habif y Anyha Ruiz -autores de El amor no se ruega, se riega (Planeta) y en pareja desde hace 24 años- sobre el amor, el tiempo y la construcción conjunta. En esa charla nos compartieron diez premisas para alimentar un vínculo amoroso verdadero en una época que parece diseñada para lo efímero.
Una de sus ideas más potentes es que el amor no se sostiene solo con emoción. La pasión importa, claro, pero no alcanza. Así como un cuerpo necesita hábitos para mantenerse saludable, una relación también necesita cierto orden: tiempo compartido, conversaciones, acuerdos, presencia y cuidado cotidiano.
La espontaneidad existe, pero no puede ser el único motor. “Lo sagrado necesita método, porque sino es puro entusiasmo y cuando todo depende únicamente del entusiasmo, el vínculo queda a merced de los estados de ánimo”.
¿La rutina destruye el amor? En vez de eso, para ellos la disciplina muchas veces genera las condiciones para el disfrute. No se trata de convertir la relación en una planilla de Excel, sino de construir una base que permita sostener el vínculo incluso en las etapas menos intensas.
El ocio, el placer y la sorpresa también se cuidan y se programan. “Para darle lugar a la intuición y lo espontáneo, antes tienes que organizar una estructura”.
En una época atravesada por la idealización romántica y la ansiedad por no estar solos, muchas personas terminan aceptando cualquier vínculo simplemente para llenar un vacío.
Por eso ellos insisten en la importancia de saber qué se quiere y qué no. Porque cuando uno no tiene claridad sobre sus propios deseos, es mucho más fácil quedarse con lo primero que aparece. El amor sano requiere conciencia de sí mismos.
Muchas veces se idealiza la idea de “fusionarse” con el otro. Pero las parejas más sólidas no necesariamente son las más parecidas.
Ellos mismos se definen como “agua y aceite”: él más estructurado, ella más intuitiva; él más racional, ella más emocional. Lo que cuentan es que, lejos de intentar modificar al otro o borrar esas diferencias, aprendieron a convivir y nutrirse de ellas, sin colonizar al otro ni perder individualidad.

Una frase resume mucho de su filosofía: “Somos felices juntos, pero no porque el otro nos haga felices”.
La idea es que el otro no viene a completar ni a resolver todos los vacíos. Viene a compartir una vida. “No quiero que me necesites, quiero que me elijas. La necesidad genera apego. La elección, libertad”. Porque si “la felicidad” depende casi exclusivamente de una persona, el vínculo se vuelve asfixiante.
Confiesan que tuvieron pocas peleas explosivas. No porque no existieran conflictos, sino porque aprendieron a “sacar la basura rápido”.
Hablar las incomodidades antes de que se acumulen evita que pequeñas tensiones se conviertan en resentimientos enormes. Las relaciones no se desgastan solo por los grandes problemas: muchas veces se rompen por silencios acumulados.
Hay relaciones que duran mucho tiempo, pero ya no están vivas. Quedarse “por costumbre” o porque “ya es tarde para empezar de nuevo” resulta una forma peligrosa de resignación.
La diferencia está en si el vínculo sigue siendo una elección o si se transformó en una cárcel emocional. “Nada es para siempre, pero aquello que cuidas dura más”, explican. La permanencia valiosa no nace del miedo, sino de la decisión de seguir construyendo.
Uno de los mayores errores es creer que el amor debería mantenerse intacto y exactamente igual a como empezó. Las relaciones cambian porque las personas cambian.
Habrá etapas con más pasión, otras con más cansancio, otras atravesadas por problemas económicos, familiares o personales. La cuestión no está en evitar esos movimientos, sino en aprender a adaptarse a ellos sin romperse. “Debemos ser flexibles, no rígidos, y tener la vocación de comprendernos el uno al otro”, resumen.
¿Una relación se busca o aparece? Para Daniel y Anyha, el amor no aparece mágicamente sino que requiere disponibilidad emocional, exposición y decisión.
Hay personas que, después de experiencias dolorosas, se “retiran del mercado emocional”: dejan de mostrarse, dejan de confiar, dejan de abrir conversaciones. Pero nadie puede descubrirte si te escondes todo el tiempo.
“Provocar el amor implica animarse a mirar, conocer, aceptar cafés imperfectos y entender que no todo encuentro tiene que convertirse inmediatamente en ´el amor de tu vida´”, sostienen.
En una época obsesionada con explicar, medir y racionalizar todo, ellos defienden el derecho a que el amor conserve una parte inexplicable.
Hay vínculos que sobreviven incluso cuando la lógica dice que no deberían hacerlo (como cuando ellos comenzaron su historia, él con 18 años y ella con 30). “No es que racionalizamos tanto el vínculo que logramos un manual operativo del matrimonio. ¡No, esta vaina sigue teniendo chispa!”.
Porque incluso con estructura, acuerdos y trabajo emocional, el amor sigue implicando misterio.