
Psico
Dejar la casa parental no solo es un asunto económico, sino que también se ponen a prueba la capacidad de resolver,decidir y manejar los vaivenes emocionales. Pros y contras de la autonomía y los grandes beneficios de la vida en soledad.
Cuando no hay nadie en el chalet de Boulogne, Aldana (24) cocina y escucha Futurock. Es un momento de disfrute y desconexión. Ella se imagina, en cuanto termine de cursar en la facultad, viviendo en un departamento en Belgrano que actualmente su mamá tiene alquilado. “Si bien tengo un buen sueldo, aprovecharía esa oportunidad”, dice esta estudiante de sociología en la UNSAM. Como ella, la mayoría de sus amigos que se fueron a vivir solos lo hicieron porque sus familias tenían o compraron una propiedad para ellos y, si alquilan, lo hacen en pareja. “Ninguno puede irse a vivir solo sin ayuda familiar.” Catalina (26) terminó de cursar la carrera de Diseño de Imagen y Sonido (UBA) y desde hace 2 años vive en un PH de sus papás en Villa Crespo; tiene trabajo de manera inestable: dando talleres, realizando ilustraciones o editando. Su familia paga los impuestos del departamento, mientras que ella se hace cargo de Internet, los gastos en alimentos y las salidas. “Para los jóvenes adultos, entre los 23 y los 26 años, irse a vivir solos es un desafío muchas veces impulsado por la necesidad de apartarse de la familia y los controles que pueden haber dentro de la casa”, describe Vanesa Poza, consultora psicológica. “La mayor libertad, como hacer uso de su propia vivienda para hacer encuentros con sus amistades, con su potencial pareja o para lo que fuese que le rinda ese espacio, suele ser positivo. Además, se ponen a prueba el poder concretar la autonomía económica, de toma de decisiones y de organización.”
El tema de los gastos, apunta Poza, “muchas veces no es visto o estudiado a priori de manera realista, sino que con la vivencia aparecen la cantidad de pagos a realizar; la propia familia suele cooperar ante la necesidad de la persona, con el fin de mejorar la relación, tal vez la necesidad de que ese otro tenga su espacio y vaya construyendo su independencia.”
Marina (26) es publicista y trabaja en marketing digital, desde hace un año vive con su novio en Villa Santa Rita. Antes estaba con su mamá (sus papás están separados y su hermano mayor reside en el exterior). “Irme a vivir con Facu fue un proyecto de pareja. La realidad es que no tenía el bichito de irme sola o de tener mi casa, sino que surgió la oportunidad de un departamento de mis papás que se desocupó, hablé con mi pareja, y el proyecto de tener un espacio que sea de los dos motivó el cambio. Por suerte, tuvimos bastante tiempo de anticipación, unos ocho meses en el que tuvimos bastante tiempo de anticipación, unos ocho meses en el que fuimos comprando todo de a poco y nos mudamos en enero del 2024.”
El irse de la casa familiar a la convivencia en pareja, sin escalas, muestra también un fenómeno actual. El de los jóvenes que suelen estar cómodos en la casa familiar, disfrutando de una dinámica resuelta y con pocas obligaciones; y la posibilidad de “probar” la convivencia antes de comprometerse en un proyecto de casamiento e hijos.
Durante meses, Juli (27, odontóloga) acumuló en su cuarto cajas con vajilla recién comprada, floreros y centros de mesa de cerámica que hizo con sus propias manos, preparando la mudanza a un departamento en Saavedra. Heredó de su mamá el don para la decoración, hizo una docena de versiones del plano del dos ambientes y las diferentes maneras para acomodar el sillón, el mueble para la televisión, la mesa ovalada y las sillas. Eligió diseños por Instagram, en locales de shoppings de muebles de interior y compró en negocios de equipamiento para restaurantes. En cuanto se desocupó el departamento e instaló internet, se mudó. El primer paso estaba dado. El vértigo vino después.
Distinto fue el caso de Catalina. “Fue raro al principio que todo dependiera de mí. No me cuesta nada estar sola, pero sí, por ejemplo, adueñarme del espacio, decidir qué traer al PH de la casa familiar, cómo decorarlo. Las plantas, por ejemplo, aunque me encantan sigo sin poder ocuparme. Son muchos frentes.”
Aunque Marina estaba acompañada, también acusó recibo del cambio de lugar y situación. “Los primeros días fueron como más de angustia, de confusión, de no entender. Se me vinieron un montón de recuerdos del pasado a la cabeza, y la sensación de dejar atrás una etapa de la vida. Al mismo tiempo, con Facu, fue un acomodarnos y estar en sintonía. Que los dos podamos tener un poco lo que queríamos. Cuando vivía con mi mamá no pensaba tanto en si dejaba desordenado, o algo sucio en la bacha de la cocina. Él es muy ordenado y yo no tanto, y bueno, hay que buscar el punto medio, fue un cambio en ese sentido. Después pasa que le tomás el gusto a la independencia y a sentirte más adulta.”
El miedo a la soledad y a no tomar decisiones correctas ante cada situación nueva es esperable en esta etapa. “Pueden surgir dudas y hasta ciertos temores al momento de independizarse”, reflexiona la psicóloga Laura Ferrari. “¿Podré realmente solventar los gastos? ¿Me sentiré solo/a? ¿Como voy a hacer para realizar las tareas propias del vivir como hacer las compras, cocinar, limpiar, etc. Es común en ese tiempo llevar la ropa a lavar a lo de mamá, apunta. Para un joven, independizarse tiene beneficios en relación a su autonomía, a desarrollar habilidades (como el manejo de las finanzas o mantener un espacio en condiciones) que hasta ese momento recaían en sus padres. Tomar decisiones por sí mismo y responsabilizarse aumentan la confianza, y por ende la autoestima. Además, en muchas ocasiones, mejora la relación con sus padres al darse los encuentros desde el deseo de compartir.”
En el día a día, Juli sintió que había mucho silencio. Y aunque estaba Luzu TV de fondo cada vez que estaba en su casa, extrañaba un poco el sonido de la radio AM de su papá, que le consulten qué quería comer a la hora del almuerzo y de la cena. Los primeros meses arregló muchas salidas para evitar estar sola a la noche, pero con el tiempo, fue encontrando tranquilidad interior.
“Mi pareja trabaja todos los días afuera y yo hago home office y disfruto un montón en esos momentos de estar sola”, dice Marina. “Cuando él sale a comer afuera con amigos y yo me quedo: pongo la tele, miro una serie, cocino algo. Es un momento que me encanta porque no tengo la experiencia de vivir sola, sola. Entonces son momentos que me gusta estar conmigo misma.”

La soledad tiene mala reputación. En generaciones pasadas, el solterón o la solterona eran mal vistos, como gente de mal carácter o desafortunada en el amor. Así como algunas personas que pasan mucho tiempo solas pueden ser etiquetadas como anti sociales. De allí la asociación de que estar solo no es bueno. Sin embargo, la soledad no es cosa de ermitaños, escritores o corazones rotos, sino que reservar tiempo a solas podría ser clave para mejorar el bienestar.
En la actualidad “los jóvenes son más conscientes de la importancia de saber quiénes son, qué quieren y hacia dónde quieren ir; cuando se van a vivir solos ese espacio de soledad, es de introspección y de autoconocimiento; también es muy positivo”, opina Poza.
“Para mí el silencio fue fundamental”, reflexiona Catalina. “Necesario para obligarme a pensar qué me gusta o qué quiero hacer. Como en un viaje. La banda de sonido de esos primeros tiempos sola fue el disco De todas las flores, de Natalia Lafourcade.”
La psicóloga Sula Windgassen, influencer inglesa en temas de neurociencias, habla de la importancia de pasar tiempo en soledad para posibilitar que el cerebro realice actividades relacionadas al procesamiento de recuerdos, pensamientos y emociones, lo cual permite disminuir el estrés, mejorar la calidad del sueño, el funcionamiento del sistema inmunológico y de los intestinos.
La otra cara del asunto es que cuando hay miedo a la soledad o se está en soledad en estado de agotamiento físico y mental, el cerebro crea una asociación negativa de esa situación. El enlace es peligroso, ya que puede conducir a desconectarnos de un entorno que no es amenazador, pero cuando existen pensamientos asociados a preocupaciones del pasado o acerca del futuro, el no poder o no tener (valía personal, por ejemplo) puede llevar a sentir ansiedad.
Los espacios terapéuticos, en los cuales poner en palabras las sensaciones físicas y pensamientos, el reconocimiento de las emociones y herramientas personales disponibles para afrontar las dificultades, son recomendables. Ya lo dice la letra chica de los medicamentos: Ante la duda, consulte a su profesional de confianza.
Los especialistas en psicología cognitiva ofrecen en estos casos recursos de adiestramiento de nuestra mente para que nuestros pensamientos se dirijan a un lugar seguro. El primer paso es colocar en agenda una actividades para realizar en soledad. Desde hacer la limpieza del piso, muebles y/o la ropa, hasta sentarse en la compu a completar el excel de los gastos, pintar una mesa o colgar un cuadro. Se trata de ponerse en acción pero con la mente atenta, enfocada en el tiempo presente. Ni revolver el pasado, ni adelantar el video de la vida.
“En mi PH vas a encontrar dibujos, collage, bordados y tejidos, tareas que voy haciendo alternativamente”, ejemplifica Marina. Metas realistas y de corto plazo. Una vez que la mente se acostumbra a enfocarse en concretar objetivos alcanzables: un crucigrama, lecturas en papel, el siguiente paso para calmar inquietudes y traer calma puede ser realizar meditaciones con o sin guía.
También tallan en el funcionamiento de nuestra mente nuestros hábitos en general. “La neuroplasticidad es la capacidad del cerebro que nos permite adaptarnos a nuevos entornos y a distintas situaciones, y a esto contribuye la alimentación saludable, la actividad física, tener una red de apoyo y realizar actividades sociales,” aporta Poza. Revisar esos aspectos, suma.
Los seres humanos pasamos de la dependencia absoluta cuando nacemos a lo que solemos llamar “independencia”, pero somos seres sociales y el equilibrio se encuentra en la interdependencia, la cual se plasma en vínculos y relaciones con mayor o menor compromiso e intimidad. La soledad bien entendida se trata de poder disfrutar estando solos, sin olvidar que contamos con una red de apoyo y espacios seguros que nos permiten intercambiar y recargar energías.